sábado, 16 de agosto de 2008

La intempestividad de Michel Foucault.

¡¡Muera aquello que nombra al sexo Rey!!
La intempestividad de Michel Foucault.

por Arturo Augusto Cano Cabrera



Con la publicación del primer volumen de su Historia de la sexualidad: la voluntad de saber no nos percatamos que con ello Michel Foucault (1929-1984) zarpaba. En lugar de un adiós nos gustarían haber escuchado un hasta luego, por lo interesante de su obra, pero no fue así. Su intempestiva muerte fue el reflejo de esa vida intensa.

Con tan sólo 55 años de vida, su ausencia o nuestra orfandad cumplen ya 23 años de abandono. Y su experiencia se extinguió por los embates del VIH, lo cual nos habla de la incesante preocupación de sí.

Es así que en esta última obra se nota su agitación por dejar en claro que lo que se ha denominada sexualidad no es más que un artificio. Dispositivo que al intercalar saber-poder-verdad se revela como discurso médico, jurídico o psicológico, la cual se traduce en hábitos o autorizaciones para practicar lo sexual más no las autorevelaciones del conocerse uno así mismo.

En este sentido, hablar de sexualidad, desde Foucault, apunta más a reconocer lo que calla en lugar de lo que positiviza.

Su estudio es la consigna que no muere, por el contrario se extiende, se irriga más allá de lo apocalíptico de nuestros cuerpos y empuña los saberes prohibidos en contra del poder. En este sentido es el abierto desafío al dominio.Denuncia al puritanismo moderno que ataviado de ciencia o conocimiento genera tecnologías que atan, conducen o reducen el (re)conocimiento pleno del cuerpo dejando la impronta de una sociedad que se muestra perversa en sus fines. El más importante de ellos es aquel que se encarga de la explotación sistemáticamente de la fuerza de trabajo y a la cual la sexualidad, como discurso médico, contribuye para que dicha intensificación no decrezca. Así la práctica del  sexo se transforma para no ser regocijo sino mecanismo. Con ello se instaura una forma de represión que se afirma al hablar del sexo pero que al mismo tiempo la inhibe. Una paradoja que finalmente deja entrever el sentido disoluto de la sociedad.

En una sintonía que corre paralela a lo descrito, continúa la descripción diacrónica de una época: la nuestra. Mientras Huitzinga reconstruyó el ocaso de la Edad Media,  Foucualt es un retratista de nuestro presente. Sin embargo su esfuerzo no recrea la normalidad, sino captando a la anormalidad que sirve de latencia al control normal.

Al juntar las sintonías y enfocarlas a la sexualidad, referencias de control diverso emergen para decir de ella lo que se afirma y enmudecer otras tantas manifestaciones como lo prohibido. Es así que emerge, en el contexto moderno, una idea de sexo autorizado, permitido, que posibilita la reconstrucción del dominio, que desarrolló una tecnología sobre el cuerpo y el control de los gustos.
Si bien se ha considerado a la familia la depositaria de esta experiencia y su juricidad la que autoriza para ponerla en práctica a través de un contrato, en el  cual dos personas de distinto sexo consienten tener relaciones sexuales con el fin de procrear hijos. La enajenación del goce, la posibilidad de la conjunción, es una mecánica de la repetición más no del constante aprendizaje.
La sexualidad constituye al hombre máquina, indica cómo masturbarse o inhibirse, autoriza la penetración, solidifica la moralidad, penaliza la desviación, criminaliza la práctica que va más allá de lo reconocido, fustiga a la pornografía para que florezca como industria y hace que la represión onomatopéyica del placer haga que el silencio se convierta en lenguaje oficial.

La sexualidad en la sociedad moderna es la fetichización per sé, bloquea la búsqueda al enajenar su uso. Aún de aquellas experiencias que al revelarse en su práctica ponen en peligro a la vida misma. Y fue en la práctica de esta actividad en donde Foucault se encontró al alter de se preferencia homosexual: el VIH. Mas no lo indujo al arrepentimiento sino al contrario, explorar en ese escenario que resulta inhóspito para la “buenas” conciencias.

Es ante este Apocalipsis que Foucault refiere sobre la "puesta en discurso" del sexo. Actividad que se ha venido incrementado desde el siglo XVIII y que permanentemente, de manera institucional, habla de él. Se oye, se lee, se instaura una pedagogía en torno de él.
Es ahí donde el discurso sobre la sexualidad adquiere no sólo su tecnología, los discursos que autorizan hablar de él como normalidad sino también la pedagogía que capacita a los cuerpos, a las poblaciones para que no dejen de producir o reproducir las capilaridades del poder.
La sexualidad en cual tal, dirá Foucault, estará del lado de la norma, del saber y la vida. Esta última como exigencia máxima del poder para determinar tanto del derecho a la vida como a la muerte.
La sexualidad adquiere la obligación  funcional de no reconocer al agotamiento del cuerpo, al contrario trata de elevarse como himno de vida pero fundamentalmente como insumo para la producción de la sociedad capitalista. La vida en este escenario consume y se deja consumir.
Es por ello que el discurso de la sexualidad es especulativo, una metafísica que presupone el goce sin conocerlo. Al autorizar las prácticas de las intimidades, se apropia no sólo del conocimiento de los cuerpos, sino también hurta lo amoroso de los amantes, de los contrarios y los iguales. Establece guías, programa la vida.

Es así que el discurso del sexo al desplazar la etapa de la carne, su existencia es la manifestación evidente del poder que se transforma en torno de sí en biopoder. Y esto último es la expresión excelsa de los dispositivos que atraviesan de manera transversal la sociedad con el fin único de atarla.
Sin embargo al dispositivo de la sexualidad, uno entre los muchos que atraviesan la sociedad, se le puede contraatacar dirá Foucault. No es con más saberes positivos vinculados al poder, sino a través de la única posibilidad que nos sitúa en una ontología de búsqueda de nosotros mismos. En este caso, la acción debe estar dirigida a los placeres y los cuerpos.

De esta forma se le dice ¿no? al poder, se libera de la sujeción del conocimiento que lo autoriza y se desmitifica la metafísica que la recubre como verdad.

No es de extrañar que en los volúmenes subsecuentes de su historia de la sexualidad, Foucault retomara de nueva cuenta la noción de la preocupación de sí de la cultura helénica. Con ello buscó la manera de subvertir el poder y volver a la senda de la búsqueda. Bajo la máxima “conócete a ti mismo”, la cual se le ha atribuido erróneamente a Sócrates, reinicia el camino en la vereda.
Es a través de la forma en como se revierte el poder que Foucault nos deja su impronta. La sexualidad, su discurso y su control no son la pauta a seguir, sino el goce completo de uno ante el placer. Ante este tipo de proclama incendiaria el psicoanálisis se encuentra ante el desafió más temerario que le ha tocado sortear. O se reinventa en cuanto discurso médico o en su defecto se convierte en poesía. Esto último sin lugar a dudas las más grande creación social a la que puede aspirar el conocimiento.

Sumando de nueva cuenta los años de abandono, la ausencia en cuanto privación del diálogo deja un silencio. Instante del cual emergen las inquietudes más creativas y es precisamente en ese santiamén en donde las ideas en torno al placer se hacen más intensas.

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