por: José Luis Carretero Miramar
El mundo de la pedagogía está revuelto. Los medios, obsesionados con la educación, nos arrastran a una marea de noticias sensacionalistas servidas con una clara intención de invitar a la histeria. Y, sin embargo, hay algo de cierto en todo ello…
Los docentes son animados, desde sectores conservadores en lo religioso, lo ético y lo social, a una supuesta movilización educativa que trataría de reconstruir la autoridad del profesor desde lo represivo y el “revival” de lo tradicional. “Para educar a un niño hace falta la tribu entera”, pero si esa educación se da desde la posición irrebatible del “pater familias” tradicional romano la educación, en el siglo XXI, entra tan irremediablemente en crisis como si se da desde la visión superficial y en colorines del mercachifle escondido tras el pseudo-progre lenguaje vacío de los últimos años de reformas y privatización encubierta. La educación tradicional está tan muerta como la posmoderna, atravesadas hasta la agonía por la velocidad del deslizamiento social hacia la desestructuración sistémica generada por la precariedad y la transmutación de todo el mundo de los valores en mercancía.
Y, sin embargo, aún creemos que aquí, como en otros casos, otra movilización educativa es posible. Otra movilización educativa que, desde la conciencia crítica y el conocimiento construya, aprendiendo y no sólo enseñando, un flujo de energía capaz de encarar la ignorancia brutal a que condenan la cultura del televisor y el prejuicio de clase. Porque ésta sociedad vacía de la publicidad generalizada y el consumo compulsivo genera un mundo cotidiano en el que el conocimiento es expulsado de la vida y, con él, ciertamente también elementos esenciales de una personalidad productiva como la capacidad de esfuerzo, el análisis crítico o la concentración atenta.
Porque si bien los elementos tradicionales saben que algo va mal en la educación y la conformación de la personalidad de los jóvenes, e incluso llaman a encarar éstos fenómenos, lo hacen desde la defensa a ultranza de un status quo social y cultural que, en definitiva, es el que los ha generado. De aquellos polvos éstos lodos, por el intermedio necesario de la semi-izquierda políticamente correcta que deja hundirse el barco con el fin último de proceder a su desguace y venta.
Y no podemos dejar de pensar que hay otros modelos. Hoy día Cuba, por ejemplo, ha puesto en marcha a su juventud letrada y la ha desparramado por todo el Tercer Mundo derramando conocimiento y técnica, poniendo en funcionamiento programas médicos y de alfabetización a gran escala en el continente americano e incluso más allá. Si eso lo puede hacer un país bloqueado y diminuto como Cuba, ¿qué no podríamos hacer nosotros con los medios que se nos supone?. Es la hora de hacer útiles a todos esos licenciados que se nos dice que hemos ido superproduciendo en los últimos años, lanzándolos a otra movilización educativa posible que no sólo salga de las aulas e inunde las calles de todos los barrios (con especial incidencia en los más castigados por la desestructuración social capitalista) sino que además ponga a girar sin cortapisas la rueda del pensamiento y la acción críticas. Lancemos nuevas “misiones pedagógicas” que, como las de la Segunda República, atraviesen las metrópolis y los campos gritando que, en definitiva, otra cultura (socializada, productiva..) es posible.
Cuando el conocimiento ha sido trivializado, el ciudadano ha sido embrutecido dejándole girar en una ignorancia ahíta. Todos los libros está ahí, pero nadie tiene ya el deseo de abrirlos, de hacer el esfuerzo de leerlos. La cultura se ha convertido en un ghetto autoreferencial y decadente. Saquemos la educación de las aulas y la cultura de sus escondites. Pongamos nuestra formación a producir y a derramarse aún cuando el Capital pretenda obligarnos al silencio. Otra movilización educativa es posible.
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